¡Y terminé mi primera maratón!
- Juliana Quevedo
- 26 mar 2014
- 4 Min. de lectura
Siempre que llego a una meta, experimento dos grandes sensaciones: una de escalofrío que recorre todo mi cuerpo y otra de inmensa felicidad. El escalofrío casi siempre es porque suelo rematar cuando veo que no falta nada para llegar, pero esta vez fue un escalofrío diferente…
Contaba los días para que llegara el día de la maratón. Aunque me decidí faltando poco tiempo y pensando que era una locura, empecé el año con esta meta. Un entrenamiento con disciplina y conciencia, siguiendo cada recomendación y estrategia de mi entrenador. Solo enfocada en trotar, la bici y la natación toco dejarlas a un lado un ratico, pero apoyaban en los días donde había que dejar descansar un poquito las piernas.
Nunca dude en no poderlo hacer, siempre lo vi posible y confié en que si hacia las cosas bien, llegaba.
Ansiedad. El día antes sentía ansiedad. Quería empezar la carrera. Quería recorrer ya el camino y ver que era medírsele a un reto de estos. Una buena hidratación, unas pasticas al burro la noche antes, y un mini camelback para el camino con gomitas, electrolitos y granola. Todo listo.
5:15 a.m. … una mezcla de sensaciones, combinación de ansias, con duda, pero también euforia… sumados a un orgullo de enfrentar este gran reto. Desayuno, baño, ropa, número de competencia (1702). El debido acetaminofén, cremita caliente para articulaciones, anti solar.
6:15 a.m. parada en el puente de Guayaquil a escasos minutos de comenzar. Soltura, trotecito, foto de grupo, abrazos y buena suerte a todos los compañeros.
6:40 de la mañana del 23 de marzo de 2014 y arrancamos… nos fuimos!
Empieza la mente a trabajar, y el cuerpo a trotar. Sólo sentía la felicidad de por fin estar empezando el reto, y ansiedad de no saber que me esperaba en cada kilometro. No pensaba cosas negativas. Sólo me impulsaba el deseo de cruzar la meta y ver marcado en mi reloj los 42.195 kilómetros.
Empecé cuidando la velocidad, para ir acomodando el paso poco a poco, acompañada con mis compañeros de entrenamiento. Cuando uno no tiene experiencia y no sabe a que se va enfrentar por primera vez, es mejor cuidarse al principio y tener con que llegar y apretar al final. Sentía ansias y unas ganas inmensas de devorar kilómetros. "Entre más avance, menos kilómetros para llegar…" pensaba.
Los primeros kilómetros se vuelven un poco más complicados con una ligera lluvia, que para algunos se convirtió en un obstáculo en la carrera, pero para mi todo lo contrario: nada mejor que correr bajo la lluvia. En ese momento me acordé que al principio cuando empecé a trotar, cuando veía los domingos que iba a empezar a llover por la tarde, me paraba y me preparaba para salir, solo para trotar debajo de la lluvia: sentía una sensación de libertad. Ya sólo lo hago si me toca, porque igual no es bueno pescar gripas… en fin.
La lluvia como iba contando, fue algo bueno. No era fuerte, y por el contrario era preferible a tener un inmenso sol deshidratante encima.
21km… llevo media maratón y falta la mitad… no hay problema, tengo con que, y voy muy bien. Corría cada vez más segura, con facilidad, con la convicción de terminar.
Me regulaba en la hidratación, cada hora consumía una gomita. Mis compañeros… se fueron quedando poco a poco. Cuando cruce el kilometro 30 vi que ya iba sin ellos, solo me seguía un corredor que no me soltaba y siguió mi paso todo el tiempo. Aquí dije " voy bien, tengo con que bajar en el paso" y entonces sabiendo que solo faltaban 12 km, apreté, no sin antes comerme una granola, porque ya el hambre empezaba a mover las tripas en el estomago.
Luego de subir "el hatillo", personalmente la subida más complicada de la carrera, empecé más tranquila en el plano a terminar con fuerza los últimos kilómetros. Pasaba corredores, que ya estaban cansados y bajaban o paraban en el recorrido. Mi reloj por el contrario seguía consumiendo kilómetros. Yo sólo visionaba la meta.
40 kilómetros, faltan dos y tengo con que terminar. Nada me duele… increíble que lleve todo esto.
900 metros… un policía me grita "niña sólo 900 metros, ya llego, cruce a la derecha que ahí arriba esta el parque". "¿900 metros? marica… llegué!"
Y empiezan esos metros a consumirse… ya dentro del pueblo, la gente alrededor dando ánimo… llegué. Vi la cara de mis compañeros antes de la meta, las liebres que ya habían llegado, y el gran arco esperando a escasos 50 metros… y ahí es cuando empieza el escalofrío. Cuando pasas tanto tiempo visionando ese momento, te invade una felicidad inmensa y un escalofrío de saber que lo lograste, que si eres capaz de hacerlo, y que ese instante lo quisieras tener para siempre. Subo los brazos, siento agua en mis ojos, y cruzo la meta. 4 horas después estoy en Barbosa y terminé mi primera maratón.
Corrí 42 kilómetros feliz, disfrutando cada paso, lo disfrute tanto que pareció "fácil". Termine como si sólo hubiera trotado 5 kilómetros… bueno, con un cansancio normal de correr una maratón, pero con ganas de volver a medírmele al reto y ponerme de nuevo los tenis al día siguiente. Agradezco muchísimo esta ultima frase "…volver a medírmele al reto…" porque pude haber tenido una crisis post maratón, y no quedar con ganas de correr largas distancias. O ni siquiera post maratón, haber sufrido en el camino físicamente, o mentalmente. Igual tuve la duda de sufrir al día siguiente y maldecir esos 42, pero me pare de la cama sin dolor. Creo que el buen resultado de una buena carrera está en un entrenamiento inteligente, con buena cantidad de kilómetros, buena alimentación e hidratación, y buen descanso.
"Niña gracias, de no haber sido por usted, no hubiera llegado" me dice mi compañero de recorrido que hasta el final me siguió, excepto los últimos 50 metros donde la felicidad de cruzar el arco me invadió y me le solté… marzo 26 de 2014.







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